viernes, 2 de noviembre de 2012

Caballo viejo


Los pies y manos bailan solos, En busca de alguna inspiración, camino a mi casa, giré la cabeza 90 grados por la llamada de una nota voladora. Una orquesta de 15 personas entre músicos y ayudantes comenzaban la tarde. Todos los jueves a las cuatro de la tarde los jóvenes ochenteros salen a tratar de olvidarse de sus dolores corporales y compartir con sus colegas una pieza de baile. Un momento agradable se vive entre niños de ochenta y siete años en el obelisco de la Avenida La Encalada entre Vivanda y la iglesia Nuestra Señora del Consuelo. A pesar de que no interactúan igual, estos comparten el lugar con el mismo fin: divertirse y dejar los problemas. Entre movimientos cuidadosos, Manuel de 74 años, se sentía el galán de las pista de baile. Su esposa, con cabello corto y pintado de rojo, lo seguía con un ritmo menos coqueto. Dos mujeres representantes de los ochentas, gozaban de “Caballo viejo”, popular canción de Roberto Torres, que diluye la brecha entre lo antiguo y lo actual. Alrededor todos parecen conocerse, hablan entre sí. “Vamos, ahora sí se armo”, dice una de las jovencitas de canas y arrugas producto de las experiencias. Repentinamente, se levanta una pareja con el objetivo de lograr un aplauso de sus compañeros. Con sus pasitos cortos y sus sonrisas agradables, forman parte de las parejas que aún recuerdan las épocas de color sincero en los cabellos, cuando el viento se entretenía con ellos. Las noches de discoteca y disc jockeys. Como un vaivén, un niño pedaleaba su triciclo azul de un extremo a otro observando a los adultos que, como antiguas esculturas, solo se mueven de vez en cuando delante de él. Bordeados con flores blancas y rojas, el director de la orquesta, como quien espanta moscas, no sabe, muchas veces, si los dirige o solo se mueve al ritmo de estos. El trompetista, invadido de sudor y cansancio, demuestra su satisfacción mientras cierra los ojos como queriendo no dejar escapar el momento. El violinista sigue sus partituras colgadas de unos coloridos ganchos de ropa. En frente, la imagen de una virgen que mira de manera amorosa hacia la pista de baile. Las personas pasan delante y se persignaban al ritmo de las notas musicales. A los extremos, bancas donde el público se sienta a dormir u observar el acto. Es una ironía pasar y no detenerse para disfrutar de tus abuelitos sonriendo, pero también es una ironía esperar que los personajes se mantengan despiertos siempre: la tercera edad es como un sueño inconsciente. El Alcalde de Monterrico organiza estos eventos para el deleite del público infantil joven e infantil viejo. Sin embargo, una pareja de adolescentes enamorados también participa, no de manera directa, sino se los ve sentados sonriéndoles y aplaudiéndoles a los bailarines y músicos. Hasta los vigilantes de las calles resguardan con ritmo, silbidos silenciosos y tarareos que de seguro acompañan a sus pasos infinitos. La música conlleva a la danza, no importa la edad, experiencia o profesión. Lo más maravilloso de este movimiento callejero es la posibilidad de olvidarte lo que está pasando más allá de tus narices. No se trata de ignorar los problemas o de “hacerse los tontos”. Se trata de disfrutar el “break” que te da la vida antes de regresar a clases. Luego de dos horas, la función ha terminado. Se apagan las luces, y cada uno sale, con el ritmo que aún se encuentra en sus oídos, de esta burbuja compartida para volver a casa. Las señoras caminan felices cuadras más allá. Cuando doy por terminada mi observación, subo al bus con la esperanza de encontrar a mi abuela en casa para regalarle la oportunidad de recordar. 

Él regresa a las 6


Desde hace muchos años, le abro la puerta a mi único hijo Ramiro que me acompaña mientras desayuno. Luego de una charla matutina sale de casa con rumbo desconocido. Él ya no está  y de nuevo me siento en esa reliquia, que la llevaré en mi memoria hasta el día de mi muerte, a fumar esos Hamilton que tranquilizan mi ansiedad por ya no saber de él. Temo por él siempre temo.
Foto: http://viviendome-zulaika.blogspot.com/2011/11/yo-que-te-di-la-vida-yo-que-me.html
Desde hace muchos años, todos los días, regresa a las 6 para dejarme una sonrisa. Al llegar se sienta, me cuenta, comenta y luego suelta esa sonrisa que me devuelve la vida. Cuando lo veo ya no me siento tan sola, ya no vuelvo a tocar los cigarrillos de la mesa, porque él me distrae con los chistes que a pesar de ser repetidos siempre me causa la misma gracia.
Desde hace muchos años, le pregunto por qué siempre llega con la misma vestimenta con la que se fue, pero no me responde tan solo sigue hablando como si no me escuchase. Tampoco me responde cuando le pregunto por qué se ve cada día más joven. Tal vez no me responde, pues esta tan concentrado en sus charlas que no quiere que lo interrumpa. A la segunda pregunta sin respuesta me callo y lo dejo hablar mientras lo miro con la ternura que me produce. Tengo que complacerlo para que se sienta a gusto y regrese lo más pronto posible.
Desde hace muchos años, no hago más que fumar antes y después de verlo. Mientras fumo imagino el día de mi muerte. No sé si seguiré viendo esos dientes tan brillantes, si seguiré escuchando los relatos de siempre, si seguiré riendo de sus chistes repetidos. Lo que no me queda duda es que me llevaré conmigo el recuerdo de la silla que me acompaña en mis momentos de soledad.
Desde hace muchos años, me visto de negro, pero no recuerdo por qué. Aún siento pena y lloro todos los días antes de dormir, pero al amanecer espero que sean las 6, mi memoria se paraliza para regresar en el pasado y lo vuelvo a ver.
Sin embargo, hoy algo cambio en él, pues vino me miro y  dijo que era hora de irse. Pensé que era muy temprano, pues acaba de llegar. Lo trate de detener, pero no pude tocarlo. Estaba ocurriendo lo que temí desde la primera vez que lo volví a ver. No quiero que te vayas, no quiero que me vuelvas a dejar sola, no quiero morir sin ti, le dije.
Desde hace muchos años, su cuerpo ya no estaba aquí. Lo único que lo obligaba a regresar a la 6 era mi memoria.    

Tan solo ella


‘’ Aún reacciona ante ella como un niño, tómelo con sentido del humor’’, le dijo. Se encontró con Lisa a la salida del trabajo. Ella llevaba un saco rojo que combinaba perfectamente con el color rubio de sus cabellos. Con las manos húmedas, el cabello un poco despeinado y el corazón a punto de salir de su pecho, llegaron a casa un poco tarde. Mamá lo esperaba con la comida hecha y la frase de todos los días: ‘’ ¡Caray, te ves horrible!’’. Tan solo esperaba que su madre no dijera más nada; sin embargo, ella volvió hacer lo que él ya se imaginaba: el disgusto que tenía sobre la casa; ‘’ ¡le parece muy judía!’’, dijo;  criticó su cambio de apellido y por último lo callo cuando quiso defenderse, todo en menos de 30 segundos. En la mesa todos comían; con la mirada fija en los ojos de Lisa, la hipocresía y el timbre de voz tan alto que la caracterizaba y las manos sobre el mantel, la madre y  sus comentarios estaban dispuestos a convertir a su hijo en la especie más avergonzada en ese momento. Primero, mencionó que se estaba quedando calvo igual a su padre, enseguida, sobre su pelo rojo cuando era niño y mientras lo hacía no dejaba de darle ordenes. ‘’Agarra pan con mantequilla’’, le ordeno. 
Todo iba por buen camino, hasta que la madre pregunto: ¿Donde trabajas Lisa? Esta pregunta cambio la perspectiva de la anciana gritona: Lisa a parte de trabajar en una firma publicitaria tenía tres hijos. Esta noticia no le gusto a la madre y de pronto él quiso intervenir: ‘’Estuvo casada’’, dijo y la madre lo interrumpió con una orden ‘’ Cómete tu postre’’, él sumiso accedió. Se cogía la cabeza en muestra de preocupación, pues las actitudes que mostraba su progenitora no le eran muy favorables. Al terminar la cena, Lisa y la madre se sentaron en la sala a ver el álbum de fotos y como era de esperarse la madre volvió a avergonzarlo. Él se puso las manos en la cabeza de desesperación por los comentarios de su madre y se paró para despedirse de ella. Mientras Lisa estaba en el baño, él y la madre hablaron. Ella no quería que él se casase con Lisa para la madre solo los astronautas se podrían casar con una rubia con tres hijos.
Él regresa, de nuevo, derrotado por su propia madre, indignado, cansado y preocupado a contarle al doctor la nueva pesadilla que otra vez ella ocasiono.   
    

Placer, no te encuentro



Cerró esa puerta  y salió con una satisfacción que le invadió todo el cuerpo. Don Mario nunca estuvo del todo a gusto con su forma tan conservadora de vivir, pero consideraba que ahora, con setenta años y con una economía acomodada, no podía más que vivir tranquilo en su casa con su mujer e hijos. Sin embargo, tiene unos amigos muy distintos a él: les gusta la vida “divertida’’. A Don Mario siempre le intrigo el porqué sus amigos sí se podían divertir como querían y él no.  Estos le hablaban tanto de un nuevo night club que frecuentaban constantemente en una zona alejada de Lima. Don Mario se acostaba pensando en esas aventuras que podría tener junto con sus amigos. Toda su vida estuvo condenado a reservar y cuidar su perfil de hombre maduro y estructurado. Sentía que los años pasaban y que él se quedaba. A pesar de tener tanta experiencia jamás había conocido el placer, pero no cualquier placer. Él necesitaba un dulce placer oscuro
 Un sábado por la noche, su esposa e hijos salieron a una reunión familiar y él aprovecho la situación para coger su auto e iniciar la búsqueda de aquel lugar que tanto le hablaban. Durante el camino pensó en recoger a Pocho: un amigo del trabajo que siempre parecía estar perdido en su propio eje. “Mire usted, el Don Mario ahora es Don Juan”, dijo Poncho mientras subía al carro. Mario no le hizo gracia, lo ignoró y siguió manejando. De repente, en mitad del camino, el tráfico aumento y tan solo faltaba tres horas para que su esposa regresara a casa. Sin embargo, luego de unos agrios y largos minutos llegaron al night club. Poncho entró y saludo a algunos conocidos con total normalidad. Con leves y saladas gotas de sudor sobre la frente, don Mario miró desde la esquina donde se encontraba hasta el otro extremo: jamás pensó que un hombre tan refinado como él estuviese allí. Era la primera vez que se sentía un abnegado egoísta: estaba compartiendo con el mismo su deseo, pero solo pensaba en él en ese momento.
 La mesera se acercó con un mandil sensual, les ofreció dos cervezas y una hora de gozo. Pasó unos largas minutos, donde los amigos conversaron, vieron bailar a las chicas y las llamadas perdidas de sus esposas. Poncho desapareció y don Mario se quedó observando el lugar. Cuando se percató de una jovencita de la mesa del frente que parecía no tener más de veinte y cinco años. Era diferente a las demás: flotaba entre toda esa gente al bailar. Ella se da cuenta y se acerca paso a paso: un tango sensual. Don Mario era un hábil inepto para lo prohibido. Por fin se ven de cerca, “mucho gusto soy Mario’’, le dice él. Con una sonrisa ruidosa, ella le contesta “María”. Sin imaginárselo, estaban sentados charlando dentro de una habitación y con unas copas demás. El placer que necesito toda su vida estaba a punto de concretarse: la cama los llamó a los dos. Mientras don Mario observaba como María dejaba notar esa seda que cubría sus frágiles huesos delante de su curvada y gruesa piel de elefante, recordaba su noche de bodas. “María, antes que pasemos a la segunda parte cuéntame: ¿Cómo llegaste aquí”. “¿Porqué?”, responde ella. Él no entendía, pero tenía interés por conocerla. Luego de la muerte de sus padres a causa del terrorismo, ella migro desde Ayacucho con una tía en busca de trabajo, pero nunca ganó tanto como en el night club.” Entonces me quede aquí”, terminó de decir. Don Mario escuchaba con atención a pesar de estar mareado por el alcohol. Cuando le tocó contar a él sobre su vida no tenía nada que decir. Don Mario siempre fue un hombre sin aventuras, metido en su casa y dedicado a su familia. “No tienes nada interesante que decir sobre ti”, le dijo María. En ese instante, Mario cubrió sus desmoronadas y antiguas curvas, la besó en la frente, le dio un gracias y fue en busca de lo único apasionante que le ocurrió en sus siete décadas: su familia. Se dio cuenta que el placer que tanto buscó estaba dentro de su propia casa.