viernes, 2 de noviembre de 2012

Él regresa a las 6


Desde hace muchos años, le abro la puerta a mi único hijo Ramiro que me acompaña mientras desayuno. Luego de una charla matutina sale de casa con rumbo desconocido. Él ya no está  y de nuevo me siento en esa reliquia, que la llevaré en mi memoria hasta el día de mi muerte, a fumar esos Hamilton que tranquilizan mi ansiedad por ya no saber de él. Temo por él siempre temo.
Foto: http://viviendome-zulaika.blogspot.com/2011/11/yo-que-te-di-la-vida-yo-que-me.html
Desde hace muchos años, todos los días, regresa a las 6 para dejarme una sonrisa. Al llegar se sienta, me cuenta, comenta y luego suelta esa sonrisa que me devuelve la vida. Cuando lo veo ya no me siento tan sola, ya no vuelvo a tocar los cigarrillos de la mesa, porque él me distrae con los chistes que a pesar de ser repetidos siempre me causa la misma gracia.
Desde hace muchos años, le pregunto por qué siempre llega con la misma vestimenta con la que se fue, pero no me responde tan solo sigue hablando como si no me escuchase. Tampoco me responde cuando le pregunto por qué se ve cada día más joven. Tal vez no me responde, pues esta tan concentrado en sus charlas que no quiere que lo interrumpa. A la segunda pregunta sin respuesta me callo y lo dejo hablar mientras lo miro con la ternura que me produce. Tengo que complacerlo para que se sienta a gusto y regrese lo más pronto posible.
Desde hace muchos años, no hago más que fumar antes y después de verlo. Mientras fumo imagino el día de mi muerte. No sé si seguiré viendo esos dientes tan brillantes, si seguiré escuchando los relatos de siempre, si seguiré riendo de sus chistes repetidos. Lo que no me queda duda es que me llevaré conmigo el recuerdo de la silla que me acompaña en mis momentos de soledad.
Desde hace muchos años, me visto de negro, pero no recuerdo por qué. Aún siento pena y lloro todos los días antes de dormir, pero al amanecer espero que sean las 6, mi memoria se paraliza para regresar en el pasado y lo vuelvo a ver.
Sin embargo, hoy algo cambio en él, pues vino me miro y  dijo que era hora de irse. Pensé que era muy temprano, pues acaba de llegar. Lo trate de detener, pero no pude tocarlo. Estaba ocurriendo lo que temí desde la primera vez que lo volví a ver. No quiero que te vayas, no quiero que me vuelvas a dejar sola, no quiero morir sin ti, le dije.
Desde hace muchos años, su cuerpo ya no estaba aquí. Lo único que lo obligaba a regresar a la 6 era mi memoria.    

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