Los pies y manos
bailan solos, En busca de alguna inspiración, camino a mi casa, giré la cabeza
90 grados por la llamada de una nota voladora. Una orquesta de 15 personas
entre músicos y ayudantes comenzaban la tarde. Todos los jueves a las cuatro de
la tarde los jóvenes ochenteros salen a tratar de olvidarse de sus dolores
corporales y compartir con sus colegas una pieza de baile. Un momento agradable
se vive entre niños de ochenta y siete años en el obelisco de la Avenida La
Encalada entre Vivanda y la iglesia Nuestra Señora del Consuelo. A pesar de que
no interactúan igual, estos comparten el lugar con el mismo fin: divertirse y dejar los
problemas. Entre movimientos cuidadosos, Manuel de 74 años, se sentía el galán
de las pista de baile. Su esposa, con cabello corto y pintado de rojo, lo
seguía con un ritmo menos coqueto. Dos mujeres representantes de los ochentas,
gozaban de “Caballo viejo”, popular canción de Roberto Torres, que diluye la
brecha entre lo antiguo y lo actual. Alrededor todos parecen conocerse, hablan
entre sí. “Vamos, ahora sí se armo”, dice
una de las jovencitas de canas y arrugas producto de las experiencias.
Repentinamente, se levanta una pareja con el objetivo de lograr un aplauso de
sus compañeros. Con sus pasitos cortos y sus sonrisas agradables, forman parte
de las parejas que aún recuerdan las épocas de color sincero en los cabellos,
cuando el viento se entretenía con ellos. Las noches de discoteca y disc
jockeys. Como un vaivén, un niño pedaleaba su triciclo azul de un extremo a
otro observando a los adultos que, como antiguas esculturas, solo se mueven de
vez en cuando delante de él. Bordeados con flores blancas y rojas, el director
de la orquesta, como quien espanta moscas, no sabe, muchas veces, si los dirige
o solo se mueve al ritmo de estos. El trompetista, invadido de sudor y
cansancio, demuestra su satisfacción mientras cierra los ojos como queriendo no
dejar escapar el momento. El violinista sigue sus partituras colgadas de unos
coloridos ganchos de ropa. En frente, la imagen de una virgen que mira de
manera amorosa hacia la pista de baile. Las personas pasan delante y se
persignaban al ritmo de las notas musicales. A los extremos, bancas donde el
público se sienta a dormir u observar el acto. Es una ironía pasar y no
detenerse para disfrutar de tus abuelitos sonriendo, pero también es una ironía
esperar que los personajes se mantengan despiertos siempre: la tercera edad es
como un sueño inconsciente. El Alcalde de Monterrico organiza estos eventos
para el deleite del público infantil joven e infantil viejo. Sin embargo, una
pareja de adolescentes enamorados también participa, no de manera directa, sino
se los ve sentados sonriéndoles y aplaudiéndoles a los bailarines y músicos.
Hasta los vigilantes de las calles resguardan con ritmo, silbidos silenciosos y
tarareos que de seguro acompañan a sus pasos infinitos. La música conlleva a la
danza, no importa la edad, experiencia o profesión. Lo más maravilloso de este
movimiento callejero es la posibilidad de olvidarte lo que está pasando más
allá de tus narices. No se trata de ignorar los problemas o de “hacerse los tontos”. Se trata de
disfrutar el “break” que te da la vida antes de regresar a clases. Luego de dos
horas, la función ha terminado. Se apagan las luces, y cada uno sale, con el
ritmo que aún se encuentra en sus oídos, de esta burbuja compartida para volver
a casa. Las señoras caminan felices cuadras más allá. Cuando doy por terminada
mi observación, subo al bus con la esperanza de encontrar a mi abuela en casa
para regalarle la oportunidad de recordar.
Que linda publicación
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