Cerró esa puerta y
salió con una satisfacción que le invadió todo el cuerpo. Don Mario nunca
estuvo del todo a gusto con su forma tan conservadora de vivir, pero consideraba
que ahora, con setenta años y con una economía acomodada, no podía más que
vivir tranquilo en su casa con su mujer e hijos. Sin embargo, tiene unos amigos
muy distintos a él: les gusta la vida “divertida’’. A Don Mario siempre le
intrigo el porqué sus amigos sí se podían divertir como querían y él no. Estos le hablaban tanto de un nuevo night club
que frecuentaban constantemente en una zona alejada de Lima. Don Mario se
acostaba pensando en esas aventuras que podría tener junto con sus amigos. Toda
su vida estuvo condenado a reservar y cuidar su perfil de hombre maduro y
estructurado. Sentía que los años pasaban y que él se quedaba. A pesar de tener
tanta experiencia jamás había conocido el placer, pero no cualquier placer. Él
necesitaba un dulce placer oscuro
Un sábado por la noche,
su esposa e hijos salieron a una reunión familiar y él aprovecho la situación
para coger su auto e iniciar la búsqueda de aquel lugar que tanto le hablaban.
Durante el camino pensó en recoger a Pocho: un amigo del trabajo que siempre
parecía estar perdido en su propio eje. “Mire usted, el Don Mario ahora es Don
Juan”, dijo Poncho mientras subía al carro. Mario no le hizo gracia, lo ignoró
y siguió manejando. De repente, en mitad del camino, el tráfico aumento y tan
solo faltaba tres horas para que su esposa regresara a casa. Sin embargo, luego
de unos agrios y largos minutos llegaron al night club. Poncho entró y saludo a
algunos conocidos con total normalidad. Con leves y saladas gotas de sudor
sobre la frente, don Mario miró desde la esquina donde se encontraba hasta el
otro extremo: jamás pensó que un hombre tan refinado como él estuviese allí.
Era la primera vez que se sentía un abnegado egoísta: estaba compartiendo con
el mismo su deseo, pero solo pensaba en él en ese momento.
La mesera se acercó
con un mandil sensual, les ofreció dos cervezas y una hora de gozo. Pasó unos
largas minutos, donde los amigos conversaron, vieron bailar a las chicas y las
llamadas perdidas de sus esposas. Poncho desapareció y don Mario se quedó
observando el lugar. Cuando se percató de una jovencita de la mesa del frente
que parecía no tener más de veinte y cinco años. Era diferente a las demás:
flotaba entre toda esa gente al bailar. Ella se da cuenta y se acerca paso a
paso: un tango sensual. Don Mario era un hábil inepto para lo prohibido. Por
fin se ven de cerca, “mucho gusto soy
Mario’’, le dice él. Con una sonrisa ruidosa, ella le contesta “María”. Sin imaginárselo, estaban
sentados charlando dentro de una habitación y con unas copas demás. El placer
que necesito toda su vida estaba a punto de concretarse: la cama los llamó a
los dos. Mientras don Mario observaba como María dejaba notar esa seda que
cubría sus frágiles huesos delante de su curvada y gruesa piel de elefante,
recordaba su noche de bodas. “María,
antes que pasemos a la segunda parte cuéntame: ¿Cómo llegaste aquí”. “¿Porqué?”,
responde ella. Él no entendía, pero tenía interés por conocerla. Luego de la muerte
de sus padres a causa del terrorismo, ella migro desde Ayacucho con una tía en
busca de trabajo, pero nunca ganó tanto como en el night club.” Entonces me quede aquí”, terminó de
decir. Don Mario escuchaba con atención a pesar de estar mareado por el alcohol.
Cuando le tocó contar a él sobre su vida no tenía nada que decir. Don Mario
siempre fue un hombre sin aventuras, metido en su casa y dedicado a su familia.
“No tienes nada interesante que decir
sobre ti”, le dijo María. En ese instante, Mario cubrió sus desmoronadas y
antiguas curvas, la besó en la frente, le dio un gracias y fue en busca de lo
único apasionante que le ocurrió en sus siete décadas: su familia. Se dio
cuenta que el placer que tanto buscó estaba dentro de su propia casa.

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